domingo, 27 de noviembre de 2011

Resumen del resumen del resumen de mi visión del sistema.

Los cabrones han hecho muy bien su trabajo y la mayor parte de la población duerme, abstraída en su vida de bienestar, llena de posesiones materiales, fiestas, telebasura, fútbol y mil cosas más; sin más ambición que conseguir dinero, un cuerpo 100 y llegar a ser como sus adorados ídolos de la televisión.

El sistema está muy bien planeado para que la gente no piense, no se cuestione absolutamente nada y, por lo tanto, no tenga capacidad crítica. Marionetas atadas con firmes hilos al sistema capitalista, exclavos del consumismo y de las vidas de ensueño que jamás tendrán.

Y mientras tanto, los mismos peces gordos de siempre rodeados de lujos y comodidades a costa de los mansos borreguitos que, sin darse cuenta, hacen exactamente lo que a ellos les interesa que hagan.

Pero para conseguir cambiar algo no necesitamos un 20% de la población. Ni un 40%. Ni siquiera nos vale un 80%. Si queremos tener la suficiente fuerza como para destruir esta montaña de mierda de arriba a abajo, tenemos que ser todos. Llamadme pesimista, pero yo a estas alturas no creo que vayamos a conseguirlo. Como ya he dicho, los cabrones han hecho muy bien su trabajo.

Solo me queda la esperanza de que, tal vez, acaben ahogándose en la propia torre de mierda que han construído.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Solidaridad, egocentrismo y un poco de estupidez.

Hace un año (o tal vez dos), estaba volviendo en autobús del centro (o quizás de otro sitio) con una amiga (o puede que más) y nos ocurrió una anécdota ni muy curiosa, ni muy graciosa ni demasiado importante. Bueno, si a día de hoy todavía la recuerdo, entonces supongo que sí fue importante para mi. Pero estoy segura de que no lo fue para mi amiga (o amigas).

Estábamos sentadas cerca del conductor, en uno de los pocos sitios que había libres, hablando de cualquier tema trivial. Tras unos minutos de trayecto, noté que la viejecita que se sentaba enfrente de nosotras ponía cara de desorientación y daba claras señales de estar bastante nerviosa. Yo no le presté mucha atención, pero ella en seguida se dirigió a nosotras y nos empezó a hablar apresuradamente, tartamudeando:

- Cre, creo que me he confundido de bus. Esto, me parece que estoy yendo justo hacia el lado contrario de donde está mi casa.

Conociéndome, lo más característico de mi hubiera sido pensar que la señora era tonta de capirote. Primero por haberse subido en el autobús equivocado, y segundo por no saber que lo que tenía que hacer era tan sencillo como bajarse y coger el que necesitaba. Sin embargo, nada de esto se me pasó por la cabeza. Aquella viejecita se me antojaba tan insegura, tan frágil, tan delicada, que realmente sentí pena por ella. Conseguí ponerme en su lugar y apreciar lo trágico de la situación. La gente mayor es como los niños pequeños. Me imaginé a mi prima de tres años sola, por la noche, en un autobús que la llevaría muy lejos de su casa, alejada de la acogedora protección de su familia.

En menos de un segundo yo ya estaba de pie, junto al conductor, y le había preguntado qué bus le hacía falta a la señora para ir a su domicilio y dónde podía cogerlo. En menos de tres segundos ya le había informado de todo esto a la viejecita. Y en menos de siete, ya había conseguido que el autobús se detuviera al lado de la parada que ella necesitaba.

Un abrir y cerrar de ojos, y la señora se bajaba del vehículo con una sonrisa en los labios y muchas palabras de agradecimiento. Recuerdo que me sentí realmente contenta. Creí que, sin mi ayuda, mi protegida hubiera terminado perdida entre las sombras de algún barrio sucio y peligroso. Pensé que mi obra resultaba digna de admiración.

Pocos días después, ya había olvidado todo. Pero la casualidad me hizo acordarme. Hace un par de semanas fui al Ayuntamiento por una cuestión de papeleo (¡qué coincidencia!, justo tenía que ver con mi tarjeta del bus) y esa misma viejecita se me acercó para preguntarme alguna nimiedad que ni siquiera recuerdo. De lo que sí me acuerdo es de mi sorpresa y de lo estúpida que fui cuando se me ocurrió preguntarle si sabía quién era yo. Evidentemente, ella no tenía ni idea. Así que volví a ser estúpida y le conté con pelos y señales mi acción heroica gracias a la cual conseguí que llegara sana y salva a su casa. La viejecita me miró como si se me hubiera ido la olla completamente, murmuró unas palabras de despedida y se alejó de mi.

No se acordaba para nada de mi hazaña. Para ella, había sido un simple despiste que solucionó con un poco de ayuda, un despiste perfectamente olvidable en cuanto las puertas del bus se cerraron tras ella. Así que... ¿quién le había hecho el favor a quién?

martes, 26 de julio de 2011

Esto es una blogger comprometida y lo demás, tonterías.

El objetivo de esta entrada es simplemente informar de que me voy de vacaciones y no haré una en condiciones hasta dentro de poco menos de un mes. Sé que estoy quedando como la cutre máxima, pero es para que no penséis que abandono el blog (en realidad es exactamente lo que estoy haciendo... pero sólo durante veinte días o así).

Cuidaros mucho, y un consejillo: intentad no ser tan vagos como lo es aquí la menda.



(No hace falta que lo digáis, ¡he clavado la expresión que tenéis en este momento! Gracias, CuantoCabrón.)

sábado, 2 de julio de 2011

Todo es una gran obra de teatro.

Había una vez, un grupo de marionetas cuyo objetivo era representar una función teatral muy importante. O, al menos, les decían que era muy importante. Cada una de ellas tenía varios hilos atados a la cabeza y a los brazos para que todos y cada uno de sus movimientos pudieran ser controlados estrictamente. No sabían muy bien por quién, pero tampoco se lo preguntaban. Muchas ni siquiera eran conscientes de que estaban siendo manejadas y, por supuesto, era lo que pretendían los controladores: que las marionetas actuaran creyendo que lo hacían por voluntad propia, en vez de por imposición. Al fin y al cabo, “¿qué diferencia hay entre ser libre y creer que se es libre?”, preguntaban Ellos, sonrientes.

Pero no todas las marionetas creían tener libertad. Había algunas que sabían que estaban siendo manejadas, y que su papel en la función se reducía al papel que a Ellos les convenía que tuviesen. Sabían que sólo podían conocer lo justo para hacer sus cuatro nimiedades diarias, porque si conocían más, entonces también aspirarían a hacer más. Sabían que no les estaba permitido dar ni un paso más sobre el escenario de los que les correspondían. Y sabían que tampoco podían tener un aspecto que las diferenciara demasiado del resto de las marionetas, pues así cada una empezaría a desarrollar su propio estilo y dejarían de distraerse adquiriendo nuevos objetos para intentar imitarse unas a otras. Sí, algunas marionetas eran conscientes de todo esto.

Sin embargo, no hacían nada al respecto. ¿Por qué? Porque Ellos las tenían contentas hasta el punto de que no les importara en absoluto que las estuvieran utilizando. A las marionetas les daba igual que Ellos miraran por sus intereses, y no por los de ellas. “Mientras nos den todo lo que necesitamos”, decían, “¿qué más nos da que se aprovechen de nosotras? ¿Para qué queremos pensar, si vamos a estar cómodas de todos modos?”.

Durante la función, un dirigente tiró demasiado bruscamente de una marioneta y, sin querer, rompió sus hilos. Entonces, esa marioneta despertó. Y, al despertar, empezó a darse cuenta de que todo aquello era muy injusto. De que no se trataba de vivir bien o mal, sino de pensar por uno mismo y vivir como se quiere. De que todas las marionetas se satisfacían con las cosas que tenían porque las habían convencido de que las harían felices, y no porque realmente tuvieran la propiedad de hacerlo. De que es más valioso lo que no se puede ver y tocar, que todas las cosas materiales que poseían. De que Ellos sólo pretendían distraerlas en su bienestar mientras hacían lo que les daba la gana a su costa y, cuando algo les saliera mal, estaba claro que quienes pagarían las consecuencias serían las marionetas. De que había que acabar cuanto antes con aquella jerarquía. Y así se lo comunicó a sus compañeras.

Pero ellas no entendieron nada y se rieron, supongo que por eso de que la ignorancia siempre se ríe de la sabiduría. Y la marioneta que se había liberado supo que lo único que podía hacer para intentar que la comprendieran era cortar, uno a uno, todos los hilos que las mantenían atadas a Ellos.

jueves, 9 de junio de 2011

Visita al pasado.

Inmóvil frente a la pequeña puerta de madera carcomida, se preguntó por enésima vez si realmente estaba segura de lo que iba a hacer. La respuesta estaba clara: no. No sabía si quería averiguar lo que se disponía a averiguar. Y, en el caso de quererlo, no sabía si debía hacerlo. Pero tal vez las mejores cosas son las que se hacen sin tener ni idea de ello, impulsados por alguna especie de fuerza externa que nos indica que, nos beneficie o no, es algo que nos corresponde hacer en nuestra vida.

Desde que había descubierto la localización de la casa, la idea de visitarla no abandonaba su cabeza. Era lo que siempre había querido saber y, sin embargo, ahora que podía, el miedo la inundaba. Aún así, la idea era como una luz muy brillante en el interior de su mente: no podía mirarla directamente, pero tampoco era capaz de ignorarla. Por eso, finalmente, se había decidido.

Toc, toc, toc.

Silencio. Puso la oreja izquierda junto a la asquerosa madera (¿cuántos años tendría esa puerta?) y escuchó unos pasos; primero lejanos, luego mucho más perceptibles.

Ñieeeeeec.

La puerta se abrió lentamente, como si de una película se tratase. En realidad, ella se sentía como si estuviera en una película. La madera se iba moviendo para dejar paso al rostro que llevaba tantos años imaginando.

Mechones de sucísimo pelo negro tapaban la mitad de una cara pequeña, delgada y de color ligeramente violáceo. La suave línea de lápiz negro bajo los oscuros ojos apenas lograba disimular las marcadas ojeras. Los labios, completamente llenos de arrugas, se torcían en un gesto de desagrado.

Estaba claro que no era ella. Tragó saliva.

- Buenos días, soy... eh... estudiante de Sociología y... bueno, estoy haciendo una encuesta. ¿Le importaría que le hiciera unas preguntas?

La mujer se limitó a mirarla fijamente, encogiéndose de hombros. Parecía estar pensando: "¿Y qué si me importa?"

- Eh... Bien - con la mano temblorosa, sacó una pequeña libreta y un bolígrafo de su bolso -. ¿Quién más vive en esta casa?

- Vecinos - dijo la mujer, y escupió sobre la moqueta.

- Ya... Me refiero a si comparte el piso con alguien - aclaró, como si fuera lo suficientemente tonta como para no enterarse de que le estaba tomando el pelo.

- No.

- ¿No?

Entonces, sí que era ella. Se dio cuenta de que la mujer tenía un tic en el ojo derecho, y eso la puso muy nerviosa. Además, le temblaba ligeramente la cabeza, y no cesaba de rascar la madera de la puerta con unas uñas kilométricas.

- Está bien. Vive sola. Y... ¿no tiene hijos?

- No.

- Vale... y... ¿nunca los ha tenido?

La mujer paró de rascar la puerta y la miró con el ceño fruncido. Ella apartó la vista, incapaz de soportar aquel constante parpadeo histérico.

- Tal vez.

- ¿Ha tenido usted hijos? - estaba tan inquieta que ni siquiera había anotado nada en su libreta. Se apresuró a fingir que lo hacía, antes de que la mujer se mostrase más suspicaz de lo que ya se estaba mostrando.

- Bah, no. A eso no se le puede llamar hijo - contestó, sonriendo maliciosamente. Tenía los dientes rotos y muy amarillentos.

- Pero... ¿dio usted a luz? - preguntó, sin poder contenerse -. ¿Qué pasó con el bebé?

La tenebrosa sonrisa de la mujer se transformó de golpe en una mueca de enfado. Mientras el temblor de su cabeza se acentuaba, se echó hacia atrás y agarró con fuerza la mugrienta puerta.

- ¿Qué coño te importa a ti eso? - gritó, descontrolada de pronto -. ¿Y qué más da si tuve un hijo o no lo tuve? ¡Yo nunca quise nada de eso! ¡Los hijos son una mierda! ¿Qué te importa a ti, eh? ¿Qué te importa?

- No me importa - balbuceó ella, inmóvil en el umbral de la puerta. La mujer le dirigió una última mirada de asco, levantó un brazo y pegó un portazo con enorme furia. Sólo entonces ella se atrevió a añadir: - No me importa, mamá.

viernes, 27 de mayo de 2011

Hoy.

Hoy, como otros muchos días, me siento una extraña entre la masa de gente que me rodea. Cada acto, cada palabra y cada gesto que observo me provocan asco y repulsión hacia toda la sociedad en general. También hacia mi misma. Porque yo también estoy inserta en ella y me someto a sus pautas y caprichos, por mucho que me duela aceptarlo.

Hoy, como otros muchos días, me siento sola. No encuentro nada ni a nadie para deshacerme de todos los sentimientos contradictorios que arrastro desde que me levanté por la mañana. No me siento identificada con ninguna persona, no me siento perteneciente a ningún grupo, no sé quién podrá comprenderme, puesto que ni yo misma lo hago.

Hoy, como otros muchos días, tengo ganas de gritarle al mundo lo asqueroso que es. De volverme grande, muy grande, enorme, levantar mi pierna gigantesca y pisotearlo hasta la saciedad. De reconstruírlo a mi antojo a partir de sus restos, volverlo a pisotear y volverlo a reconstruír de otro modo distinto.

Pero hoy, a diferencia de otros muchos días, no me importa en absoluto sentirme así. Pese a la desesperanza que me acompaña, me siento contenta conmigo misma: veo las caras de la gente al pasar, sonrío para mis adentros y pienso que, mientras la mayoría de ellos aceptan un modo de vida que les ha sido fabricado de antemano, yo mando a tomar por culo toda clase de dogmas y fabrico el mío a mi gusto (dentro de lo que me permite la sociedad, claro).

Además, mañana será otro día. Cuando me levante de la cama, seguramente la crisis existencial se haya conviertido en una oleada de energía positiva. Y hoy, como otros muchos días, se convertirá en un simple y efímero ayer.

domingo, 22 de mayo de 2011

El despertar de la sociedad.

Me he pasado las dos últimas tardes en la plaza de mi ciudad donde está la acampada del movimiento Democracia Real. Bueno, en realidad, Democracia Real se ha desvinculado de ellos debido a los "continuos actos carentes de ética" (de los cuales, por cierto, yo no he observado ni uno). Pero a fin de cuentas es lo mismo: gente pensante con un espíritu rebelde que lucha por un objetivo común. Y eso es lo que importa.

A lo que iba. Ha sido realmente maravilloso. Por fin, por fin nos estamos indignando, y con la fuerza que desprende nuestra indignación, logramos despertar la de otras personas. Me ha sorprendido la gran capacidad de organización de quienes dirigen la acampada: carteles hechos a mano por todas partes, una pequeña biblioteca con libros donados por muchísima gente, una sala de estudio improvisada, actividades de cuentacuentos y de manualidades para los niños pequeños, actuaciones musicales y, finalmente, la gran Asamblea a las ocho de la tarde. Una Asamblea en la que no sólo hablan y deciden los cabecillas, como ocurre en la política actual, si no una Asamblea donde el micrófono es propiedad de todos y cada uno de los presentes. Nadie tiene por qué callarse lo que piensa, todo el mundo es libre de compartir con los demás sus críticas al sistema y las alternativas que proponen. Los aplausos y las aclamaciones se suceden tras cada cuatro o cinco frases dichas por la persona que esté hablando, como muestra de aprobación y dándole fuerzas para continuar. Esto sí que es una verdadera democracia, joder.

Mientras los partidos políticos se dedican a comprar el voto de los ciudadanos (o intentarlo, en cualquier caso) regalando florecitas, pulseras, camisetas y demás tonterías, Democracia Real despierta al pueblo mediante el diálogo, el debate, y la libertad de expresión como principal vehículo de ellos. Cientos de personas les demuestran su apoyo, ya sea aportando voluntariamente material a la acampada o mediante un simple, pero sincero, aplauso.

Sólo espero una cosa: que la revolución no termine hoy, que continúe a lo largo de todo el año (y más, si hace falta) mediante diversos actos y movilizaciones. Deseo con todas mis fuerzas que realmente estemos abriendo el camino hacia el principio del fin de esta ¿democracia? bipartidista, corrupta y subyugada a los intereses económicos de los peces gordos del sistema.

Nacimos insertos en una sociedad diseñada perfectamente por quienes tienen el poder para que no pensemos ni nos cuestionemos nada, distrayéndonos a través de un aparente bienestar mientras ellos se llenan los bolsillos a nuestra costa. Por favor, no permitamos que nos conviertan en robots. Neguémonos. Actuemos. ¡Rebelémonos!

jueves, 19 de mayo de 2011

Democracia Real.

Tengo que admitir que estoy impresionada: no me esperaba en absoluto una cosa así de la sociedad de hoy en día. La resignación general, la facilidad para asimilar todo aquello que viene dado sin cuestionárselo y la evasión de la realidad mediante las fantasías televisivas son las principales características que llevo observando y criticando en esta sociedad desde hace bastante tiempo, lo cual hizo desaparecer absolutamente mi fe en que algún día lograríamos cambios en ella.



Pero, por una vez, me alegra reconocer que estaba equivocada. Hay mucha más gente disconforme con el sistema de la que yo me creía, gente que piensa y se cuestiona las bases de éste, siendo capaces así de destacar sus principales fallos y proponer alternativas para solucionarlos. Y no son cuatro pelagatos, señores, no hay más que ver algunos vídeos para darse cuenta de que, por lo menos en las ciudades grandes, son suficientes como para que nadie sea capaz de detenerlos.
Me acabo de informar acerca de la acampada de mi ciudad, y estoy decidida a sumarme mañana a ella. No pienso consentirme a mi misma el estar siempre poniendo verde esa apatía social que tanto me enerva, y no actuar al respecto cuando tengo ocasión.

Sin embargo, también me he indignado ante la cantidad de gente que critica el movimiento Democracia Real, la mayoría de la cual lo hace sin otros argumentos que no sean del tipo "los jóvenes, con tal de armar follón..." o "bah, sólo son una panda de anarquistas y comunistas disimulados". De todos modos, todas esas personas que se oponen a él son una evidente señal de su triunfo.

¿Sabéis por qué los critican? ¿Por qué los tachan de falsos y absurdos?
Yo os lo digo, amigos:
PORQUE LES TIENEN MIEDO. Y si han llegado a la conclusión de que este movimiento puede poner en peligro su maravilloso sistema de bienestar, es que realmente tiene poder como para conseguir algún cambio.
Intentan convencerse a si mismos y al resto de que esta gente no sabe lo que defiende, simplemente porque no son capaces de afrontar la verdad. Utilizan esa mentira para refugiarse de una realidad que los atormenta.

En fin, el ser humano siempre ha tenido miedo a lo distinto, a todo aquello que desconoce. Quienes no son capaces de superar ese miedo, deberían tratar de analizarlo todo desde fuera, intentar ser un poco objetivos y, si lo logran, tal vez consigan ver esta situación de otra manera. ¿Por qué les aterra tanto la posibilidad de un cambio?

La ignorancia es lo más cómodo que conozco, después del sofá de mi casa.

www.attac.tv/altermedia/

lunes, 16 de mayo de 2011

Nihilista solitario. Neohippy solidaria.

ÉL: ¿Y Dios?

ELLA: ¿Qué?

ÉL: ¿También crees que está ahí viendo si te portas bien?

ELLA: No.

ÉL: Cuestión de fe. Así es como funciona todo.

ELLA: Parece que hay mucha gente disconforme, que hay un descontento general. Hasta parece que vivimos en una época muy humanista. Pero lo cierto es que el noventa por ciento de la población piensa que el mundo es como dice la televisión. Ni se paran a contemplar otras opciones.

ÉL: Y tú eres muy lista y estás en el diez por ciento restante.

ELLA: Lista no. Rara. Porque me esfuerzo por no aceptar lo que todo el mundo considera la normalidad, por no aceptar lo que me viene dado, por no ser la persona que me obligaban a ser.

ÉL: Es un esfuerzo estúpido. Yo llevo toda la vida convenciéndome de no ser lo que pensaba que me estaban obligando, para intentar ser algo que me parecía mejor. Cuando era pequeño, me convencí de que mis padres estaban en mi contra y no soportaba a los niños felices que no querían ser mayores. Cuando estaba en la Universidad, me convencí de que era hippy y no soportaba a los que creían en el sistema. Después de licenciarme, me convencí de que era un currante y no soportaba a los que seguían queriendo ser hippies. Después de conseguir trabajo, me convencí de que era de clase media y no soportaba a la clase obrera. Cuando me harté de la comodidad, me convencí de que era un hombre de campo y no soportaba a la gente que vivía en la ciudad. Desde que estoy aquí de vuelta, como no tengo contra quien rebotarme, estoy convenciéndome de que no me soporto a mi mismo, sea quien sea yo mismo.

ELLA: Yo podía estar dirigiendo la sucursal de un banco, pero ya ves: me convencí de invertir mi vida en ayudar a la gente, que aunque sea deficitario a nivel económico, compensa porque da otro tipo de beneficios: la sonrisa de un niño, por ejemplo.

ÉL: We are the world, we are the children.

ELLA: Tengo fe en que puede haber un mundo mejor y lucho por eso. ¿Te parece mal?

ÉL: Es un trabajo como otro cualquiera.

viernes, 13 de mayo de 2011

Simplemente por decir algo.

Hace mucho que no escribo. Leo mi propio blog una o dos veces al día, me quedo pensativa y me entran unas ganas enormes de crear una nueva entrada. Pero entonces se me ocurre que no sé sobre qué hablar y, además, no me apetece esforzarme demasiado pensando, escribiendo, releyendo y después puliendo un nuevo texto.

Cierro el blog, me voy a hacer mis cuatro tonterías diarias y me consuelo a mi misma, prometiéndome que no volveré a dejar que mi pereza domine mis ganas de gritarle al mundo lo que llevo dentro. En fin, como ya decía Friedrich Nietzsche, "tienes que tener muy buena memoria para poder cumplir todas tus promesas". Por lo menos, sé que yo la tengo. Pero me da la impresión de que a Nietzsche se le olvidó mencionar otro requisito imprescindible: también tienes que ser trabajador y, si no lo eres, por lo menos tener fuerza de voluntad para obligarte a serlo.

Se ve que yo no poseo ninguna de esas dos cualidades. Debería jugar a la tómbola un día de estos, a ver si me toca una de ellas...

lunes, 28 de febrero de 2011

¿El jefe de la casa?

Teléfono: ¡RIIIIIIIING! [vale, en realidad tiene uno de estos tonos monótonos de chisme moderno, pero desconozco la onomatopeya que lo representa]

Nadia: ¿Sí?

Señor con voz de presentador de telediario: Buenas tardes, ¿me podría poner con el jefe de la casa?

Nadia: Lo siento, aquí no hay jefes, somos una familia anarquista.

Señor con voz de presentador de telediario: Ah... Esto... Glups... ¡Je, je! ¡Qué bien! Le llamo de Telefónica para ofrecerle nuestro nuevo...

Nadia: ¿Le puedo dar un consejo?

Señor con voz de presentador de telediario: ¿Cómo dice?

Nadia: La próxima vez que quiera ofrecer un bulo de ésos, no emplee una frase tan anticuada y estúpida como inicio de conversación. Buenas tardes.

FUCK YEAH.

sábado, 19 de febrero de 2011

Utopía.

Constantemente sueño con un mundo diferente. Un mundo verde, limpio, fresco y puro, en el que los humanos no ocupamos más espacio del que nos corresponde. Un mundo en el que no dañamos a los demás seres vivos más de lo que nos corresponde. Un mundo en el que no alteramos el medio ambiente más de lo que nos corresponde.

Un mundo donde nadie es más que nadie y por eso todos tenemos lo mismo. Los mismos derechos. Las mismas obligaciones. Los mismos bienes materiales. El mismo acceso a una formación y educación dignas que nos ayuden a elaborar nuestros propios bienes interiores, ésos que no se ven a simple vista y a los que tan poca gente tiene aprecio en el caprichoso mundo real.

Un mundo donde ninguna persona ha gozado nunca de más poder que los otros, y, por ello, tampoco ansía más. Donde no dependemos de alguien que nos diga qué hacer, cómo y cuándo, porque simplemente no lo necesitamos. Nadie toma más de lo que necesita y todos colaboran con todos para mejorar tanto su calidad de vida como la de quienes están alrededor. Un mundo donde la solidaridad, el respeto y la empatía son innatas en el hombre; mientras el egocentrismo, el desprecio y la avaricia no encuentran un hueco por el que colarse.

Un mundo en el cual la gente aspira al conocimiento. A la verdad, si es que esta existe. A la paz permanente. A todo aquello que les da fuerza y ganas de seguir viviendo. Un mundo donde las cosas abstractas han vencido la guerra frente a las superficiales. Donde nadie juzga a nadie sin conocerlo, donde todas las personas analizan detalladamente el interior de los demás y tratan de comprenderlos, respetarlos y ayudarlos. Donde, si haces algo que perjudica a otros, no puedes sentirte satisfecho pese a los beneficios obtenidos, porque éstos son beneficios contaminados.

Ah, mis sueños son tan grandes... y yo, tan pequeña...